Según el Informe anual sobre la desigualdad presentado por Oxfam Intermón el pasado 16 de enero, el 84 % del esfuerzo fiscal en 2016 recae sobre las familias frente al 13 % del sector empresarial. Este ha sido sin duda uno de los titulares más mediáticos de este conocido informe. Lo sorprendente es que nos sorprenda. Todos los impuestos, y siempre que el mercado lo permita, se trasladan hacia el consumidor final, esto es, a quien no tiene ninguna posibilidad de trasladarlos a terceros. Todos los impuestos que soporta una empresa, incluido el Impuesto sobre Sociedades, son para esta un coste que procura recuperar vía precio. Solo si el mercado no se lo permite, la empresa soportará realmente los impuestos.
Tal comportamiento, que se conoce como traslación económica del impuesto, no hace ni mejores ni peores a los empresarios. Los impuestos, nos guste o no, son para estos un coste que hay que recuperar. Un coste igual que los salarios, la Seguridad Social, el alquiler, la luz y un largo etcétera. Esta traslación económica no es en absoluto ilícita. Su único límite es el mercado y su conocida ley de la oferta y de la demanda. Por tanto, hay que asumir que todos los impuestos que los empresarios soportan se procuran trasladar a terceros vía precios.
Es más, a mayores impuestos, la necesidad de trasladarlos es mayor aunque mayor es también, y según en qué sectores, el freno con el que el mercado actúa como mecanismo para evitarlo. En este caso, los beneficios se reducen de tal suerte que, según cual sea su disminución, se desincentivan e incentivan simultáneamente otros muchos comportamientos como la contratación laboral o la deslocalización empresarial.
Tal situación es mucho más evidente en grandes empresas que en pequeñas compañías. Dada pues la trascendencia económica que los impuestos pueden tener en el comportamiento de las empresas, la prudencia aconseja ese equilibrio permanente en pro de lo que se denomina la eficiencia.
Dicho esto, conviene contextualizar tal información en el ámbito de las realidades “silenciosas” que se esconden tras las interioridades de nuestro sistema tributario. Uno de los habituales “karmas” fiscales es que la renta media declarada por rendimientos del trabajo es superior a la que corresponde a los rendimientos de actividades económicas; afirmación que solo es cierta si nos ceñimos exclusivamente al IRPF. Sin embargo, si se tienen también en cuenta los rendimientos declarados en el IS, los datos son muy distintos. Veámoslo.
Según los datos consignados en las Estadísticas por partidas de los declarantes del IS y del IRPF de 2014 (AEAT), el número de “liquidaciones” por el IRPF en concepto de rendimientos del trabajo fue de 16.422.017, y el número de liquidaciones en concepto de rendimientos de actividades económicas, 3.122.866. Por su parte, los declarantes por el IS ascendieron a 1.453.514. En consecuencia, el número de liquidaciones realizadas por “empresarios” en ambos impuestos ascendió a 4.576.380.
Pues bien; los rendimientos del trabajo declarados en el IRPF ascienden a 309.934.400.466 €, y los rendimientos de actividades económicas a 23.461.093.036 €. Si tenemos en cuenta que los rendimientos netos declarados en el IS (base imponible positiva) ascienden a 167.584.588.739 €, los rendimientos netos totales procedentes de actividades económicas ascienden a 191.045.681.775 €. En consecuencia, la “renta” media declarada por quienes ostentan la condición de empresarios, es superior a la declarada por quien percibe rentas del trabajo; en concreto 41.746,03 € (191.045.681.775/ 4.576.380) frente a 18.873,10 € (309.934.400.466/16.422.017).
Cuestión distinta es que del total de las “rentas” declaradas en el IRPF y en el IS, solo las primeras, un 69 %, se someten efectivamente a la progresividad del IRPF. Y de ahí, precisamente, que las rentas del trabajo sean las que soportan fundamentalmente la progresividad del sistema, afirmación, no obstante, que admite matices que hoy omitimos.
Pero además, la cuota media por declaración e impuesto en 2014 es también superior en el IS que en el IRPF; en concreto 20.904,05 € frente a 3.534.97 €. En definitiva, el 7,04 % de los declarantes, esto es, los del IS, ingresa el 31 % del total de los impuestos sobre la renta, y el 92,96 % restante, esto es, los del IRPF, aportan el 69 %.
Pero sigamos. Si tenemos en cuenta que casi el 90 % del IRPF se recauda a través de las retenciones, esto es, a través de las empresas, y que el IVA se recauda también normalmente a través de las empresas, se observa que el verdadero “recaudador” de nuestro sistema tributario no es otro que las empresas, recaudador que ingresa un porcentaje cercano al 92 % de la totalidad de los ingresos.
Es cierto, pues, que un 86 % o más del esfuerzo fiscal recae en las familias, pero es cierto, también, que el sistema tributario y la Seguridad Social depende, fundamentalmente, del 18 % de los declarantes (1,4 millones de empresas en el IS y 3,1 millones de empresas en el IRPF), esto es, de las empresas.
En definitiva, mientras estas son las que verdaderamente recaudan e ingresan los impuestos, las familias son las que efectivamente los soportan pero no quienes normalmente los ingresan directamente. Y de ahí, precisamente, la “inconsciencia” de la presión fiscal real que las familias soportan. El titular mediático habría pues de ser otro: “la inconsciencia fiscal permite que las familias soporten la casi totalidad de la carga fiscal”. El mensaje, así expresado, es muy distinto y se ajusta mucho más a la realidad.
Antonio Durán-Sindreu
Socio Director
Profesor de la UPF