Nadie quiere verse en esta situación, pero cuando un cliente deja de pagar toca armarse de paciencia… y de papeles. El paso de reclamar judicialmente una deuda no se toma a la ligera. La clave está en llegar preparado y con todo bien documentado.
A todos nos ha pasado alguna vez: trabajas, entregas el pedido, emites la factura… y el cliente no paga. Al principio piensas que será un simple retraso, pero las semanas pasan, las llamadas se quedan sin respuesta y el correo electrónico nunca se contesta. Entonces llega ese momento incómodo en el que ya no se trata de negociar, sino de decidir si llevamos el asunto a los tribunales.
Y aquí es donde muchos empresarios se llevan una sorpresa: no basta con tener razón, hay que poder demostrarla. El juez no conoce la historia, solo ve papeles. Por eso es tan importante que, antes de interponer una demanda, recopilemos todo lo que pruebe que la operación existió, que cumplimos nuestra parte y que la otra parte, sencillamente, no pagó.
En otras palabras: la justicia no se gana con la memoria, se gana con los documentos.
Lo que nunca puede faltar en tu dosier
Ten a mano el pedido, el contrato, el presupuesto firmado o, si no hubo nada de eso, cualquier correo o documento que confirme que el cliente aceptó la operación. Los albaranes de entrega firmados valen oro en estos casos, porque muestran que el producto o servicio se entregó sin discusión.
Si hubo algún problema con la calidad o la cantidad, guarda la prueba de que se solucionó. El juez quiere ver que todo quedó cerrado.
La factura es la base de todo. Acompáñala con pruebas de que el cobro nunca llegó: el extracto bancario vacío, el pagaré devuelto, el cheque rechazado…
En el caso de letras, cheques o pagarés, conserva el protesto o la declaración sustitutiva. Son la forma de acreditar que realmente no se pagaron.
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